26/08/2026
Carmen se nos acaba de ir. Y todavía no sé cómo se escribe algo así. Ni quiero aprender.
Esta fotografía es de 2018. Acababa de llegar a Schmidt y casi lo primero que hizo fue celebrar con nosotros el décimo aniversario de la tienda. Ahora nos estamos preparando para cumplir 18 años, nuestra «mayoría de edad», y se nos parte el alma al pensar que ella no va a estar para celebrarlo.
Carmen era nuestra diseñadora y una gran compañera. Era simpática, servicial y siempre estaba dispuesta a ayudar, a sumar y a arrimar el hombro. Hacía diseños preciosos y era encantadora con sus clientes y con nosotros. Evitaba los conflictos, buscaba soluciones y cada día supo dar la talla.
Durante estos ocho años, Elena y yo hemos sido sus jefes. Pero hace mucho que nuestra relación dejó de caber en esa palabra.
Carmen era también una persona muy cercana a nosotros. Entre los tres había una confianza de verdad. Nos pedía opinión sobre sus asuntos personales y ella, por supuesto, nunca dejaba de darnos la suya sobre los profesionales. Nos conocíamos bien, con lo bueno, con lo malo y con esa cercanía que solo se construye después de compartir tantos días y tantas cosas.
Pero, por encima de todo, Carmen ha sido una madre extraordinaria.
Tiene un hijo y una hija maravillosos, ya no tan niños, y se le iluminaba la cara cuando hablaba de ellos. No había una alegría ni un éxito de sus hijos que no quisiera compartir con nosotros. Los traía a la tienda, nos contaba sus cosas y nos hacía partícipes del inmenso orgullo que sentía por los dos.
Hoy no podemos dejar de pensar en ellos ni en toda su familia. No sabemos qué palabras podrían aliviar un dolor así. Solo queremos que sepan que Carmen hablaba de sus hijos con un amor y un orgullo que llenaban la tienda. Eran su mayor alegría.
Hay una cosa muy sencilla que yo nunca voy a olvidar. Cada día, cuando llegaba a la tienda, si Carmen estaba allí, se levantaba para ver quién había entrado y me saludaba con una sonrisa.
Si no había sonrisa, mal día… porque tenía muy mal genio, para qué vamos a engañarnos. Pero era solo gaseosa: subía rápido y se le pasaba igual de rápido.
Hace nada aquello era una pequeña rutina a la que no daba importancia. Ahora daría cualquier cosa por volver a entrar por esa puerta y verla levantarse una vez más.
Cuando se va alguien como Carmen, no deja vacío solo un puesto de trabajo. Queda un vacío en la tienda, entre sus clientes, en los proyectos que llevaba, en las conversaciones y en todas esas pequeñas costumbres que parecían normales hasta que dejan de suceder.
Carmen se acaba de ir y todavía no sabemos cómo aceptar que sea verdad.
La tienda no va a ser la misma sin ti. Elena y yo tampoco.
Gracias por estos ocho años, por habernos dejado formar parte de tu vida y por haber formado parte de la nuestra.
No sé despedirme de ti, Carmen. Ahora mismo no puedo.
Solo sé que la próxima vez que entre en la tienda miraré hacia tu sitio y, durante un segundo, esperaré verte levantarte para saludarme.
Con sonrisa o sin ella.
José, Elena y todo el equipo de Schmidt Jaén y Schmidt Granada Centro.