06/08/2024
Manuela Sáenz y la batalla de Junín
(De mi libro “Manuela Sáenz, la he***na olvidada” (2018).
Su pensamiento político y su participación en episodios históricos, fueron silenciados por la elite política machista de nuestro país que prefirió dar paso a esa versión tergiversada según la cual Manuela era una mujer atormentada por el s**o. La calificaron como la amante del Libertador y no como la Libertadora del Libertador. En el discurso conservador, jamás se la concibió como una aliada política de Simón Bolívar, posición transgresora para una mujer en el siglo XIX. Se las creía incapaces de tener una opinión independiente y menos aún de poder participar en las decisiones de Estado.
Con el propósito de estar enterada de todo lo que se decía sobre Bolívar y del Ejército libertador, Manuela tuvo que desarrollar un plan estratégico: asistir a los salones aristocráticos de Lima para escuchar cuanto se hablara en ellos. En esta tarea fue ayudada por sus fieles criadas, Jonatás y Nathán, quienes indagaban y oían los comentarios de la calle y los grupos populares. Esto le permitió tomar el pulso de cuanto ocurría y podía ocurrir en Lima. Fue una especie de central de inteligencia comandada por ella, en una ciudad donde el ambiente se había tornado muy pesado: «La propia Manuelita apretándose el corazón le aconseja al Libertador que se trasladara a Bogotá» (Cacua, 2002: 145).
La intrincada madeja de apetitos y pugnas en la política peruana, azuzada por los españoles y sectores de la Iglesia que habían sido despojados de sus bienes, forzaron a que Manuela adelantara su integración a la campaña militar, junto con el núcleo principal del gobierno patriota.
Decidió marchar rumbo a los Andes, donde han de llevarse a cabo las más importantes batallas. Manuela instó a que Bolívar la autorizara a tomar parte de la batalla de Junín y él, quien siempre se había resistido a su participación militar, terminó por aceptar. Las mujeres limeñas conservadoras la odiaban, le tenían celo, pire ser otro forma de ser mujer. Las murmuraciones y las habladurías que recorrían todo Lima se avivaron cuando la vieron salir de las murallas, luciendo uniforme militar a manera de hombre y montando a caballo armada con pistolas. Este hecho causó controversia y remeció los cimientos de la moral católica y la mentalidad patriarcal de la época.
Ante la decisión tomada, Bolívar le advirtió con palabras amorosas la dureza de las condiciones que habría de enfrentar en la campaña militar. Esto se refleja en la siguiente carta:
Cuartel General de Huaraz, 9 de junio de 1824
Manuelita Mi adorada:
Tú me hablas del orgullo que sientes de tu participación en esta campaña. Pues bien, mi amiga. Reciba usted mi felicitación y al mismo tiempo mi encargo. ¿Quiere usted probar las desgracias de esta lucha? ¡Vamos! El padecimiento, la angustia, la impotencia numérica y la ausencia de pertrechos hacen del hombre más valeroso un títere de la guerra [...]. Tú quieres probarlo [...].
Por lo pronto no hay más que una idea que tildarás de escabrosa: pasar al ejército por la vía de Huaraz, Olleros, Chovein y Aguamina al sur de Huascarán. ¿Crees que estoy loco? Esos nevados sirven para templar el ánimo de los patriotas que engrosan nuestras filas. ¡A que no te apuntas! [...].
A la amante idolatrada, Bolívar.
Esta fue la respuesta de Manuela:
Humachuco, 16 de junio de 1824
Mi amado:
Las condiciones adversas que se presenten en el camino de la campaña que usted piensa realizar, no intimidan mi condición de mujer. Por el contrario: yo las reto ¿Qué piensa usted de mí? Usted siempre me ha dicho que tengo más pantalones que cualquiera de sus oficiales, ¿o no? De corazón le digo: no tendrá usted más fiel compañera que yo y no saldrá de mis labios queja alguna que lo haga arrepentirse de la decisión de aceptarme ¿Me lleva usted? Pues allá voy. Que no es condición temeraria esta, sino de valor y de amor a la independencia.
Siempre suya,
Manuela
En las alturas de la cordillera, y a pesar de encontrarse en el mismo Ejército libertador, son escasos los días cuando Bolívar tendrá tiempo de coincidir con ella. Junto con el núcleo principal del gobierno, recorrieron trescientos kilómetros por los escarchados Andes, en donde el hielo llega a quemar su rostro y manos. Cuando llegó a la ciudad de Huamachuco, al norte del Perú, situado a más de tres mil metros de altura, ella no se quejó. Por el contrario, animaba a las tropas en su duro recorrido, dejando advertir su gallarda personalidad de he***na.
La batalla de Junín estaba próxima. Un triunfo le esperaba al Ejército libertador. Manuela no se amilanó ante las dificultades y resolvió continuar el viaje hacia las Pampas de Junín. Sin embargo, el camino era dificultoso: a caballo y acompañada por una tropa, pudo cruzar la cordillera, pero penosamente llegó retrasada. Con aflicción pudo ver a los patriotas caídos en el campo de batalla, asistió a los heridos y ayudó a sepultar a los mu***os en la refriega contra el grupo realista. Sobre este hecho, los historiadores Henao y Arrubla refieren: «Manuela arribó tres días después de aquella batalla, luego de recorrer mil quinientos kilómetros, colabora valerosamente en varias tareas como ayudar a la curación de los heridos y de enterrar a los mu***os».
La batalla de Junín culminó con la victoria patriota y dio inicio a la libertad del Perú.
Manuela no pudo contener las lágrimas; una alegría insaciable irradió su rostro. No combatió, pero su valor y eficiencia en las actividades militares desarrolladas le merecieron el reconocimiento de sus jefes, quienes la ascendieron a capitán de Húsares por su destacada labor en acciones estratégicas, económicas, hospitalarias y sanitarias de su regimiento. En su diario de Paita, revive los recuerdos y sentimientos que la embargaron ese día. Revela la entrega de su vida por el Perú libre y la admiración que siente por el indio pobre al ver un soldado con ropas ensangrentadas, quien le agradece la libertad alcanzada. Ella siente dolor y también júbilo por la libertad conquistada:
«Mi capitana —me dijo un indio—, por usted se salvó la patria». Lo miré y vi a un hombre con la camisa deshecha, ensangrentada. Lo que debieron ser sus pantalones le llegaban hasta sus pies, tenía el grueso callo de esos hombres que ni siquiera pudieron usar alpargatas. Pero era un hombre feliz, porque era libre. Ya no sería un esclavo (Sáenz, 2010: 196).
La victoria de Junín se vio opacada al conocer el Libertador, el 24 de octubre de 1824, que el Congreso colombiano le había quitado las facultades extraordinarias con las que se hallaba investido y se las entregaba al vicepresidente Santander, su principal rival. De esta manera, Bolívar quedó afectado por la mala fe de sus enemigos y sin ningún apoyo desde Colombia para la lucha por la Independencia del Perú (Álvarez Saá, 2008: 31).
Ante tal incidente y al verse desprovistos de ayuda, Manuela y Bolívar tuvieron que auspiciar la recolección de chatarras de metal, hojalatas y hierros viejos. Incautaron las campanas de las iglesias para utilizar el cobre, desbarataron las bancas y asientos para sacar los clavos de estaño y utilizarlos en la fabricación de armamento. Se fomentó la construcción de talleres para hilar lanas y otras fibras con el fin de transformarlas en paños para los uniformes de la tropa. Complementaron esta labor con la recolección y requisición de oro y plata por diversas zonas para solventar los gastos de la campaña. Manuela llamó a estas acciones «una verdadera comisaría de guerra» (Álvarez Saá, 2008: 31).
Las dificultades se acentuaron con otra noticia funesta: Fernando VII, estaba resuelto a ahogar en sangre la emancipación en América. Envió refuerzos al Perú y destituyó al virrey La Serna, a quien culpaba de las derrotas, y nombró en su reemplazo al general Olañeta para hacer valer su autoridad. Los realistas terminaron divididos en dos bandos, lo cual fue aprovechado por Bolívar quien actuó sin pérdida de tiempo con ayuda de los primeros refuerzos que llegaron de Guayaquil. Así reorganizó sus fuerzas:
Pasa revista a sus tropas y ordena a todos los cuerpos que levanten sus campamentos e inicien el paso de los Andes por varios puntos. Eran los momentos en que cinco mil españoles marchaban hacia el Alto Perú (hoy Bolivia) para combatir contra el nuevo virrey Olañeta. Detrás de la cordillera, en los valles de Jauja, aguardaban las poderosas formaciones del general Canterac (Rumazo, 1962: 125).
Tras la victoria de Junín, aún faltaba una batalla decisiva por lograr. La gloria de Ayacucho los esperaba para poner sello a la libertad de la América nuestra.